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El libro de los monstruos

El libro de los monstruos


La Bestia Equilatera

Risvolto

Un desplazamiento de escena y llegamos a este mundo para el que Wilcock parece idealmente equipado. La presentación repite siempre la matriz: el nombre del monstruo y poco más de una página y media a la que una simulación descriptiva convierte en relato. Se trata de un minimalismo metódico, de una estilizada proyección. Solo la honestidad y la incredulidad de un escéptico pueden darle cabida.

Como deudor y divulgador de Arcimboldo y de Borges, Wilcock traza el preciso retrato de monstruos que no olvidaremos. Se acostumbra en estos casos a enumerarlos, pero esta vez se prefiere tratar de desentrañar qué rara mezcla de desdén y ambición hizo que el autor, con la energía creadora habitual, los concibiera. Ese balance infrecuente entre los dones de los que se hace alarde y las contracciones súbitas del inventario nos precave acerca de la unidad. Pero con Wilcock tenemos nuevamente que continuar al acecho. De acuerdo con una vieja boutade del autor, no estaríamos en presencia de una colección de fragmentos sino de un libro narrativo cuya secreta unidad consiste en el hecho de que sus personajes nunca llegan a encontrarse.

Entre el destello descriptivo y la inscripción alegórica, pero sobre todo entre el emblema, con el peso narrativo de su furia simbólica, y el croquis, con su velocidad sintomática de esquema incisivo, el autor se ufana de dejar a su paso una galería. En ella se reconocen la mayoría de las miserias y pequeñeces humanas, pero también, gracias al humor que todo transfigura, la grandeza literaria capaz de conducirnos del comienzo al fin con la mirada atenta y una sonrisa encantada.

Commenti e Recensioni

Pequeños monstruos de Wilcock
por Pedro B. Rey

El libro de los monstruos
por Rubén Sacchi

Siempre es temprano para leer a Wilcock
por Pablo Gianera

Bestias humanas
por Martín Chiavarino

El delito de escribir

El delito de escribir


Libros de la resistencia

Risvolto

Un comentarista muy especial y sus crónicas desde el interior de esa casa de fieras que seguimos llamado sociedad literaria.
Qué idea tendría J. Rodolfo Wilcock de la crítica y de su estatus se puede inferir de algunas conocidas costumbres, como la de hacer la crítica de espectáculos que no había visto o la de inventarse algunos inexistentes –sobre cuya pista se lanzaban todos en seguida. Los artículos aquí recogidos abarcan los dos decenios más importantes de su colaboración en periódicos y revistas (principalmente en Il Mondo de Pannunzio) y están todos dedicados al mundo de las letras y a sus singulares, recurrentes, tempestuosas perversiones.

Risvolto

Roberto Bolaño racconta che il primo libro di Wilcock che gli capitò di leggere – «in giorni nei quali tutto faceva presagire solo tristezza» – gli «restituì l'allegria, come riescono a farlo solo i capolavori della letteratura che sono al tempo stesso capolavori dello humour nero». Da allora non smise mai di raccomandare, come si raccomanda un farmaco benefico, quello che definiva «uno dei più grandi e più strani (con tutto ciò che di rivoluzionario ha in sé questa parola) scrittori di questo secolo, che nessun buon lettore deve trascurare». Il libro dei mostri, l'ultimo di Wilcock, lo conferma: è uno dei suoi più felici e sfrenati viaggi nel fantastico, la ricognizione puntuale ed esilarante-raccapricciante di un «piccolo mondo mostruoso», dove non troveremo Sirene e Onocentauri, ma molti personaggi improbabili – e che pure ci sembra di incontrare ogni giorno, in quella quotidianità, riconoscibile come semplice maschera del caos, in cui vengono genialmente innestati il grottesco e l'assurdo, la diversità e la follia: il geometra Elio Torpo, per esempio, si è tramutato in un vulcano di fango, l'ufficiale postale Frenio Guiscardi in «un ammasso di peli, lana e bambagia, di forma genericamente sferica», il critico letterario Berlo Zenobi in una massa di vermi, il veterinario Lurio Tontino in un asteroide, e lo psicoanalista Ruzio Haub-Haub è in tutto simile a una vipera... Come Hrundi V. Bakshi (il protagonista di Hollywood Party), ha scritto Edoardo Camurri, «Wilcock si diverte a mandare a gambe all'aria tutto quanto»: sotto la caustica ferocia dei suoi attacchi crollano frasi fatte, luoghi comuni, banalità e ideologie.

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